Material fungible (2041--2ª parte)

19-abr-2009


La quiebra entró de puntillas, por la puerta de servicio. Insospechada. No hubo ningún "Enola Gay" descargando sobre medio mundo, ninguna Muerte Negra asolándolo. No. El final fue taimado, tramado en oscuras reuniones de despachos: el Klaan fue el creador de los eufemismos que nos mantuvieron narcotizados.

Al principio se habló de inestabilidad, luego de crisis. La mayoría de nosotros quiso creer que aquella mala racha pasaría. ¿Qué otra alternativa nos quedaba?

La brecha social creció. Como una raja en la suela de nuestros zapatos. Seguimos caminando, indiferentes a las pequeñas piedras, tierra y astillas que se colaban por ella. Y un día llovió, y nuestros pies se mojaron. Pero no hicimos nada, salvo secarnos. Seguimos caminando, y un buen día un cristal se clavó en nuestra piel, sangramos, la herida se infectó, y nos dijeron: hay que amputar.

El trabajo. De dos sueldos en casa, se pasó a uno, de uno a ninguno, del subsidio de desempleo a la ayuda de los familiares. Perdimos los derechos conseguidos a través de los siglos por nuestros predecesores. Pero nos aseguraron que no había otra forma de superar la Crisis. Y aceptamos, nos lo creímos. Pensamos que se podría echar marcha atrás.

Los gobiernos se declararon en quiebra, incapaces de mantener los servicios públicos. La educación, la sanidad, el transporte, la seguridad; todos privatizados. Se produjo lo impensable: analfabetos en Europa. Los ancianos morían abandonados, la mortalidad entre la población menor de treinta años se disparó.

La Edad Media del siglo XXI.

Recuerdo las conversaciones en las filas de la oficina de empleo. Nadie podía creer que aquello durara mucho tiempo. ¿Cómo iban a dejar de pagar pensiones y subsidios? ¿Qué sería de nosotros? Material fungible.

No hubo reacción. Inmovilizados por el veneno de la desilusión, la desconfianza, la picadura del alacrán resultó mortal. El Klaan danzó en círculos entorno a nosotros mientras entonaba, cada vez más alto, su mantra del miedo.

Dejamos de creer primero en los demás, luego en nosotros mismos. Olvidamos nuestra fuerza: la unión.

La desesperación disparó la delincuencia, el crimen, la violencia. Fue una ola que recorrió el planeta. Un Tsunami de almas rabiosas e impotentes, condenadas.

Fue entonces cuando surgieron los muros.

Dentro de los propios países: fronteras venenosas, serpientes de cemento segregacionistas.

Alemania, Estados Unidos, Palestina y Brasil fueron los primeros. La idea no era algo nuevo: el primer ghetto apareció en Venecia para separar judíos de venecianos. Un muro más o menos no iba a hacer daño. Por supuesto, todos los que pensábamos de esa forma estábamos -en esos momentos- extramuros.

Surgieron en cada rincón del planeta. Un sarampión, virulenta exantema del sistema económico y político, que infectó a todos los países.

Los gobiernos nos dijeron que eran necesarios, para protegernos de La Miasma. Así empezaron a llamarnos. En realidad, se construyeron con el fin de proteger al Klaan y sus cachorros.

La Miasma devoró las clases bajas, y se deleitó con el postre de las medias.

Al final, la mayoría de nosotros se encontró -sin apenas darse cuenta- encerrada tras un muro.

Nos volvimos peligrosos. No teníamos nada que perder.

La gente comenzó a agolparse en los controles de los muros para ofrecerse como esclavos, para vivir al otro lado de la forma que fuese. La primera vez en la Historia en que la esclavitud se volvió voluntaria.

Los trabajos se convirtieron en meras transacciones de un día: un poco de comida, agua, unas medicinas, o ropa.

La Ley: el Klaan nunca reconoció más Justicia que su beneficio personal.

Un día vi como un juez imploraba a un antiguo convicto algún trabajo para poder comer. Este le miro y le dijo: ¿No fuiste tú el que me encerró? Después le dio la espalda, y siguió oteando a los candidatos a esclavo. El que fue en su día Jefe de Policía se había convertido en su mano derecha. Por unos segundos, sus miradas se cruzaron. Quizá se reconocieron. El Juez fue el primero en darse la vuelta. Una semana después vi su cadáver tirado en el suelo.

Ahora sé lo que tengo que hacer. No busco ningún Grial, ni el Arca Perdida. Debo llegar hasta el Muro de Adriano. Allí encontraré a Arsen.

Hoy recordé a Melville: llamadme Stacia.

Era el fin, era el principio... (2041 1ª parte)

12-abr-2009


No sé que día es hoy. Sería bueno saberlo: conocer el año, el mes, el día en el que vivo. Durante la guerra, la noción del tiempo se hizo añicos. Al principio llevábamos la cuenta, pero sólo fue durante las primeras semanas. Cuando la enfermedad, el hambre, y el miedo bajaron a los túneles del metro para vivir con nosotros, entonces, oh señor, entonces a nadie le importó si era martes o jueves, cinco o veinte, enero o marzo.

Yo fui una de las que prefirió morir en la superficie. No hubo consenso, ni grupos de personas bien intencionadas que se unieran en esos momentos. No. Fuimos saliendo a hurtadillas, de uno en uno, en parejas o, como mucho, pequeñas familias.

Yo subí sola.

La casualidad quiso que el momento que elegí fuera el amanecer. Tuve suerte. Si hubiera estado anocheciendo, no hubiera sobrevivido a esa noche.

Me costó acostumbrarme a la luz del día, pero eso ya lo había previsto. Lo que nunca imaginé es que tuviera que pisar cadáveres para poder caminar. No había espacio para esquivarlos. Tampoco preví que ningún mapa me serviría de referencia: los edificios, esparcidos por el suelo como en la peor de las películas apocalípticas, conformaban una nueva geografía.

La primera vez que vi un coche de policía me escondí. Eso fue también un golpe de suerte. No quedaban policías.

Cuando oí más de cuatro voces, me apresuré a cobijarme tras los escombros de lo que debió de ser un muro de alguna casa. Pasaron muy cerca. Los gritos de la mujer pidiendo ayuda consiguieron alterar las leyes de la física, mi cuerpo empequeñeció varios centímetros, mimetizándose contra los restos de aquella pared. Los sollozos de su hija me aceleraron el corazón de tal forma que supe que iba a morir allí mismo.

Nada de eso: dos tiros y risas. Risas. Matarlas tan rápido había sido un golpe de suerte para ellas. No fue hasta más tarde cuando me di cuenta de que en ningún momento se me había cruzado por la cabeza la idea de ayudarlas.

¿A dónde ir?

Entonces le vi. Caminaba sigilosamente entre las ruinas, aunque la sensación que tuve al mirarle, fue de que estaba paseando. Como si en lugar de andar por una ciudad destruida estuviera dando un paseo de placer. Sus ojos verdes me miraron de refilón, no quería que supiera que me había visto. Y luego vino el otro. Aquel momento no lo olvidaré jamás. Cuando las cosas se ponen muy, pero que muy feas, entonces, cierro los ojos y evoco aquel día.

Los ojos del otro eran marrones, y en lugar de disimular, se paró en seco al verme. Esto obligó a su amigo a detenerse, muy a su pesar. Me miró fijamente. Estaba evaluando que clase de peligro era yo. No pude evitarlo. Sonreí. Poco a poco, mis labios se fueron ensanchando involuntariamente, hasta que terminé echando la cabeza atrás y emití una especie de gorgojeo. Era lo más parecido a mi risa que recordaba.

Durante muchos meses, tantos que quizá habían hecho un año, sólo había llorado. Y ahora, al verles, un sentimiento sin nombre abrió de una patada las oxidadas puertas de mi alma.

El de los ojos marrones se me echó encima. Y su reticente colega, no tuvo más opción que seguirlo.

El perro movía el rabo de un lado a otro frenéticamente y me daba lametazos por toda la cara, el gato se restregaba por mis piernas muy despacio mientras ronroneaba como un pequeño motor.

Olvidé que había decidido pegarme un tiro. Cuando eché a andar de nuevo, ellos decidieron el camino. Me pareció una buena idea. En eso, al menos, no me equivoqué.

Conseguí comida de la mochila de un muerto. Los muchachos me llevaron al escondite donde dormían. No estaba mal. Me costó acostumbrarme a las ratas, pero entre los dos las ahuyentaban, e incluso las cazaban.

Aquella noche, antes de que el cansancio me venciera, pensé que el agua que había sacado de los túneles me daría para dos días, a lo sumo tres.

Me apoyé en el perro y cerré los ojos. El gato se hizo un ovillo en el hueco de mi tripa.

Cuando recordara mi nombre, les pondría uno a ellos.

Luz

07-abr-2009


Into A Thousand Pieces

La entrada estaba adaptada para las sillas de ruedas. No podría haber sido de otro modo tratándose de una "casa de retiro". "La estrella de la mañana", rezaba un cartel a la entrada. El término sonaba escalofriante, aunque creo que su intención era justo la contraria. Me recordaba a esas películas de ciencia-ficción donde a los androides o robots, no se les mata, sino que se les "retira". Baja operativa.

No recuerdo cual de mis familiares empujaba la silla, tampoco soy capaz de recordar que es lo que decía. Sólo conservo en mi memoria ese tono melifluo y cargado de culpabilidad con el que a veces se les habla a los niños, a los viejos o, en mi caso, a los discapacitados.

La luz era intensa, blanca, me obligaba a parpadear y entrecerrar los ojos. Mejor no ver. Al pasar al lado de una fuente los chorros se activaron mecánicamente y empezaron a subir y bajar compulsivamente. Recuerdo las plantas que la rodeaban: moradas y azules. Intenté levantar la cabeza y mirar la casa donde iba a pasar el resto de mi vida, pero el sol se reflejaba contra la fachada de cristales y me cegó.

Miré la palma de mi mano. La línea de la vida era siniestramente larga. ¿Quién quiere pasar el resto de su longeva vida en un geriátrico?

Y entonces, lo sentí por primera vez. Al doblar una curva de aquel camino inmaculado, un árbol se erguía a nuestra izquierda. En sombras. Majestuoso, de abrazos nudosos, intrincadas ramas, que creaban un frondoso laberinto verde de la nada. Desafiaba a ese cubo de cristal de luz cegadora que era el centro.

Una brisa fresca me rozó de súbito. Pensé que el árbol había suspirado, o exhalado su aliento. Agitó las mangas de mi camisa y las infló. Como si alguien hubiera abierto una puerta, creando una corriente. Por un momento pensé que podría levantarme de la silla y echar a andar. Escapar.

Había un hombre apoyado en el árbol, o quizá escondiéndose, o sólo observando. Llevaba una gorra calada hasta los ojos, un mono de trabajo, y uno de esos rastrillos para recoger hojas. Un jardinero, pensé. Le envidié por estar allí: refugiado del sol, del calor, de la luz, sosteniéndose por sí mismo, sobre sus dos piernas.

Nos hizo un gesto de asentimiento al pasar, levantó la mano a forma de saludo y la directora del centro emitió un gruñido de insatisfacción mal disimulado.

Le dejamos atrás y la luz se reflejó de nuevo —como en un espejo— sobre cada superficie. Manchó de blanco todo lo que nos rodeaba, dejando la vida incolora.

De aquel día apenas recuerdo nada más. Todos mis familiares querían irse pero ninguno se atrevía a ser el primero. Les ayudé, fingiéndome dormida. No lo hice por ellos, quería que se fueran. No, quería que desaparecieran para siempre, como si nunca hubieran existido.

Los días tomaron nuevos nombres: sopa, puré, pescado, yogur de postre...

Y la luz.

Siempre había una luz blanca, sin fluctuaciones, cada vez que salías del centro o en el centro mismo. Ni un atisbo del atardecer. Nunca vi la noche.

Me daban pastillas para dormir, y cuando cerraba los ojos aún era de día. Al abrirlos había vuelto a amanecer. Me producía desasosiego no ver las estrellas, la luna, el cielo negro. Tenía entendido que muchas enfermedades nerviosas son a consecuencia de la falta de luz, me pregunté si la falta de oscuridad podría volver a alguien loco.

Ahora sé que sí.

Todos los domingos, los empleados del centro representaban una obra de teatro para nosotros. Se titulaba "Lucero Brillante, Hijo de la Aurora". Nunca entendí su significado, ni creo que nadie de allí lo hiciera. Los trabajadores declamaban sus versos con voz demasiado alta, y gestos exagerados. Como si chillar consiguiera dar más dramatismo a la escena. Recuerdo un sólo párrafo: ¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones”. La obra acababa mal. El protagonista, El portador de la luz, caía en desgracia. Nunca me han gustado los finales tristes.

Y llegó el día. Una auxiliar vino para decirnos que nos llevaban de excursión. Intenté llevar mis gafas de sol, pero me lo impidió. El sol es bueno, me dijo. Quise mandarla a un sitio muy feo cuando me las quitó de los ojos, pero mi visión pragmática de la vida me lo impidió. Cogí una gorra en su puesto. Las auxiliares me ponen los pelos de punta, sobre todo cuando sonríen al acercarse a uno con la jeringuilla en la mano.

Lo curioso de aquella excursión es que se hizo bajando en ascensor a la planta b2. Ni tan siquiera conocía su existencia. Nos iban metiendo de tres en tres en el montacargas, y ningún desgraciado dijo nada. ¿Cómo podríamos? Sin embargo, vi en muchos semblantes duda, en otros miedo, y en algunos pocos una certeza lacónica que me puso la carne de gallina.

Era mi turno. Y entonces apareció él.

-Yo la llevo.

La auxiliar le fulminó con la mirada. Realizó un rápido movimiento de caderas con la intención de apartarle.

-No puede ser. Nosotras somos las encargadas.

Pero él no se movió. No soltó la silla de ruedas. Al contrario, se agachó hacia mí y me susurro:

-Así que una excursión, ¿eh? Haremos que sea divertido para todos. Se giró y contempló a la mujer, impasible, ni tan siquiera la estaba retando. No. Sólo esperaba con curiosidad su reacción. Pero esta no se produjo. Creo que ella sintió rabia, pero también miedo.

Fuimos los últimos en bajar. Íbamos al final de la fila. La enfermera les hacía cantar una ridícula y anticuada canción francesa infantil. Allí abajo las instalaciones se veían antiguas y en desuso. El suelo era de baldosas blancas y negras, formando escaques como en los hospitales de los años treinta. A un lado y otro se veía material abandonado, los cristales estaban sucios, si no rotos. Los fluorescentes parpadeaban, un latido desigual de luz.

De pronto, giraron bruscamente a la derecha, no pude ver hacia a donde iban. El jardinero paró. Puso una mano en mi hombro. Y yo, por asombroso que parezca, entendí. Asentí torpemente con la cabeza para hacerle saber que sabía lo que esperaba de mí: tenía que permanecer en silencio. Fue entonces cuando vi que las líneas de la palma de su mano, tenían el mismo dibujo nudoso que las ramas de aquel árbol. También eran del mismo color.

Uno a uno fueron desapareciendo todos a través de unas puertas abatibles. Oímos algún gemido quedo, pero la mayoría cerró los ojos antes de entrar mientras se aferraban con sus manos a la silla de ruedas. La enfermera jefe estaba de pie ante la puerta, supervisando la entrada. Salió hasta el medio del pasillo y nos miró. Mejor dicho, le miró. Parecía no percatarse de mi existencia, aunque tampoco era eso: yo no suponía ningún peligro.

Un tic nervioso le hacía cerrar un ojo involuntariamente. Su cofia se había torcido, y el carmín rojo de sus labios estaba corrido. Sus manos se crisparon. Dio un paso hacia nosotros, dos, tres. Y el hombre en lugar de echarse hacia atrás, avanzó a su vez. Era un desafío, no tuve dudas. Me sentí como una bayoneta cargada en sus manos. No tenía miedo. Me asaltó una sed de venganza desconocida. Ira. El hombre debió sentirlo también porque volvió a ponerme la mano en el hombro y me tranquilicé.

Y por primera vez desde que estaba en ese lugar, se hizo de noche. Mis ojos se abrieron de par en par, libres de esa luz cegadora que me obligaba a entrecerrarlos a cada momento. Sentí la brisa: fresca, el olor de la tierra mojada. Vi las estrellas, y escuché su silencio.

-No puedes salvarla. Déjala.

El hombre soltó las manos de la silla, dándome impulso. Sentí pánico, me estaba entregando. La silla de ruedas avanzó sola, atraída por la luz que desprendía la mujer. Pero antes de llegar a ella, los cristales de las ventanas saltaron hechos añicos, entrando por los huecos brazos nudosos, rugosos, que me envolvieron la cintura y me sacaron del interior bruscamente.

La mujer chilló, parecía el grito de un ave herida. De sus manos brotaron sendos haces de luz que quemaban las raíces del árbol. Estaban vivas. Sentí como se movían para cubrir y proteger mi cuerpo. La luz las estaba matando.

Mientras tanto, el jardinero había avanzado hasta ponerse tras la mujer. Comenzó a girar entorno a ella, hasta convertirse en un remolino de oscuridad. La oscuridad tomo cuerpo, densidad y la envolvió como la tela de una araña sobre su víctima.

La luz se extinguió.

Los brazos del árbol me auparon hasta su copa y me dejaron reposando entre sus ramas. Silencio. Sólo mis jadeos acompañaban a una solitaria cigarra. Hubo un temblor. El centro comenzó a derrumbarse. Mientras —una a una— se iban apagando todas sus luces. Las raíces del árbol se convirtieron en látigos que arrastraban los cimientos hasta el fondo de la tierra. Le daban sepultura.

En la superficie sólo quedo el mobiliario del centro, cualquiera hubiera pensado que se trataba de un huracán. Ni rastro de los cuerpos.

Y entonces amaneció. Aún se veían las estrellas en el cielo. Sin rastro de Venus.


A flote

21-mar-2009


Poder del mar


No sé porque está tan mal visto rendirse. Yo es la única forma que encuentro para sobrevivir. Suelto el fusil, y salgo corriendo lo más rápido que puedo en la dirección contraria. No todos tenemos madera de luchadores, a algunos se nos instalaron termitas rojas y tenemos el alma carcomida.

Aquella mañana al levantarme no presentí nada. Más de una vez —después de lo ocurrido— he rememorado ese día, intentando hallar cualquier pequeño signo de aviso que hubiera impedido aquel desenlace. Ha sido en vano. No hubo intuición, no hubo presentimiento, no hubo más que el molesto sonido de un despertador sonando a las cinco y media de la mañana.

Cuando salí por la puerta nunca imaginé que no volvería a casa siendo el mismo. El espejo del ascensor me devolvió un rostro adormecido y cansado, aunque no más que cualquier otro miércoles.

No me gustan los miércoles. Son como ese pantalón que heredas de tu hermano: no importa cuanto crezcas, siempre parecerá que te queda demasiado grande y todas las chicas sabrán que no es tuyo.

Hasta llegar a la estación de tren tengo un paseo de veinte minutos. A esas horas aún es de noche, los murciélagos se cruzan con los pájaros más madrugadores. Al principio no sabía distinguirlos, todos me parecían pájaros. Pero eso fue hasta que uno me rozó el pelo y le ví los dientes.

Recuerdo que aquel día me volví varias veces porque tuve la sensación de que alguien me seguía. Incluso se me desbocó el corazón cuando confundí la sombra de una farola con la de un hombre con sombrero.

Tengo miopía y astigmatismo, y bastante imaginación: si no llevo las gafas puestas puedo confundir una bolsa de basura con un perro, o el poste de un autobús con un hombre. No es broma. Un dia estuve seguro de que iba a ser mordido por un perro, cuando el viento arrastró una de esas bolsas hacia mí. La gente que pasaba en ese momento por allí, se apartó de mi lado. Yo en su lugar habría llamado a la policía.

Sin embargo, aquel día mis temores no llegaron a más. Antes de que me diera cuenta ya había llegado a la estación, y las luces destruyeron cualquier fantasma que hubiera estado persiguiendo mi alma.

Cogí el tren de casualidad, me subi de un salto en el último vagón, en el preciso instante en que se cerraban las puertas. Encontré un sitio al lado de la ventanilla, apoyé la cabeza, me arrellané todo lo que pude y cerré los ojos. Tenía treinta y cinco minutos de trayecto, de sueño.

Me despertó un fogonazo, un chirrido de frenos y la oscuridad repentina. Tras el repentino silencio hubo exclamaciones, voces demasiado altas, y las luces de emergencia brillando por unos segundos. Luego también se apagaron.

Olía a quemado. Varios hombres abrieron manualmente las puertas. Estábamos en medio del campo, en una madrugada sin luna, y sin saber que había ocurrido. Algunos valientes saltaron a las vías, yo me quedé quieto, mirando por la ventanilla. No es que yo no sea valiente, es que me molestan los que están continuamente mostrando a los demás que sí lo son. Demasiada testosterona.

Recuerdo que pensé que estaba demasiado silencioso allá fuera. Demasiado oscuro. Los altavoces emitían un sonido estático, como si desearan hablar pero una fría mordaza se lo impidiera.

Pasaba el tiempo y no teníamos ni idea de lo que había detenido al tren. Un pequeño murciélago se coló en el vagón y consiguió arrancar más chillidos que un actor famoso rodeado de quinceañeras.

Creo que no sabían que son herbívoros.

Comenzaron a impacientarse. Algunos empezaron a decir que tendríamos que ir al vagón de cabecera, para reunirnos con el resto de pasajeros y encontrar al conductor. Creo que todos se sintieron aliviados con la propuesta.
Yo no. A mí los conductores de tren me dan miedo. Encerrados en sus cabinas con cristales tintados, fumando a hurtadillas y hablando por radio vaya a saber usted con quien. Uff. No me pareció buena idea.

No se explicar porqué, pero estaba seguro de que si salían de aquel vagón, no volverían con vida. De todas formas no dije nada, no me hubieran escuchado, o mejor dicho: me hubieran escuchado, y luego habrían hecho justo lo contrario de lo que yo les decía. Creo que se liberan ciertas endorfinas en las personas cuando me contradicen. Lo tengo comprobado.

Así que fui viendo pasar ante mis ojos una procesión de hombres y mujeres, asustados, encogidos por el frío, que no sabían muy bien que estaban haciendo, pero a los que la idea de no hacer nada les horrorizaba aún más.
El último pasajero que salió del vagón se me quedó mirando con recelo.

—¿No viene con nosotros?

Negué rotundamente con la cabeza, como si aquel hombre me pudiera obligar a acompañarles. Se encogió de hombros, dio un salto, y bajó a las vías.

No volví a ver a ninguno de ellos. O más bien ninguno de ellos me volvió a ver a mí.

Me encogí cuánto pude en mi asiento, y me quedé escuchando cualquier sonido que me ofreciera un indicio de lo que estaba ocurriendo ahí fuera.

Silencio.

Oscuridad.

¿Qué les estaría haciendo el conductor? ¿O la gente de otros vagones? Los seres humanos somos muy territoriales.
Y me dormí. Por increíble que parezca, me quedé dormido, o eso pensé entonces. Cuando desperté casi muero del susto. Enfrente de mí había sentado un hombre, mirándome fijamente. Tenía los ojos oblicuos, nada de pelo, las venas se le marcaban por toda la superficie del cráneo.

Pensé si seria un nuevo tipo de conductor de tren. Alguno modificado genéticamente.

—¡Joder!— grité. Algo gutural y primitivo salió de mi garganta a modo de exclamación. Estoy seguro de que me encogí y me protegí la cara con las manos. El tipo ni se inmutó.

Lo peor de todo es que no era capaz de moverme del sitio, y aquel "ser" empezó a esbozar una sonrisa, a cámara lenta, que me dejó helado. No quería ver lo que me iban a mostrar sus labios cuando terminaran de abrirse.

Pero no tuve opción.

La boca se abrió, y abrió, y siguió abriéndose y me mostró por dientes unas montañas rocosas, por lengua un mar negro embravecido, cuyas aguas se movían en espiral, engullendo a los pasajeros del vagón que habían salido hacía rato. Intenté recordar —desesperadamente— que pastillas había tomado esa mañana antes de salir de casa. No estaba seguro de que el lavado de estómago llegara a tiempo.

El tipo me estaba mostrando lo que había hecho con ellos. Los estaba ahogando. En su boca. Pude ver como alguno de ellos se agarraban a la campanilla, o al saliente de una roca o muela —según se mire— del tipo, para no ser engullidos.

Yo también abrí la boca, pero fue para emitir un agudo grito de terror. El me miró, con el ceño fruncido, y alargó una mano para hacerme callar.

Y se la mordí.

Fue un acto reflejo. Me quedé con medio dedo suyo entre mis dientes. Pensé que sabría a carne y sangre, pero me equivoqué. Era viscoso, como la piel de un pez. Se deshizo en mi boca como agua salada de mar. Su dedo sabía como la más triste de mis lágrimas.

—¿No quieres entrar? —me dijo—. Me estabas buscando, te oí y vine. Por el camino me encontré a los otros. ¡Todos parecían tan agotados de nadar contra corriente!

—No me parecieron muy contentos dentro de tu boca...

—Eso es hasta que se dejan llevar por la marea.

—¡No pienso morir engullido por un hombre pez a sueldo de la autoridad ferroviaria nacional!

Creo que el bicho se pensó si sería una buena idea el tragarme.

—Pero... tus pulmones ya están encharcados.

—Creo que te equivocas, el río más próximo está a decenas de kilómetros.

El negó tristemente con la cabeza. Movió su mano, la que yo le había mordido para dar a entender lo errado que estaba.

—Cada vez que llorabas anegabas una parte de ti. Te hundiste hace mucho. Al principio flotaste durante un tiempo, a la deriva, esperando un barco que te rescatara. No hubo velas ondeando en tu horizonte. Te viste irremediablemente arrastrado al fondo, y el olvido se adueño de ti.

—Ya, como el Titanic. ¡Muy bonito!, pero no me convences. ¿Quien coño eres?, ¿qué quieres? ¡He pagado el abono transporte de este mes!

Llegué a la conclusión de que este era un nuevo tipo de revisor, no me pregunten cómo.

—¿Porqué haces preguntas que son respuestas?

Pensé que estaba siendo la víctima de un programa de cámara oculta, ¡el tipo hablaba como el viejo bajito de Karate Kid!

Miré a través de la ventana y vi de pronto emerger una luna naranja sobre la cima de una colina. Absurdo.

—Quiero irme a casa—. Y lloré.

Sentí un temblor. Emergiendo de la colina, se levantaba una ola gigante que inundó las tierras de alrededor. Un mar negro rodeó el vagón arrastrándolo con un violento vaivén. El tren comenzó a llenarse de agua. Iba a ahogarme. ¡Y para eso había madrugado yo tanto?

Sin mirar al hombre, me levanté y me lanzé a las frías aguas. Mi brazada era segura y constante. Me giré, y vi como el vagón se hundía en el fondo de aquel improvisado mar. Aquel ser me miraba con piedad a través de la ventanilla. Se me puso la carne de gallina.

Al cabo de un rato descubrí que podía hacer pie. Mientras caminaba, el nivel del mar fue bajando hasta cubrirme por debajo de los tobillos.

No supe decir si estaba vivo o muerto.

Había perdido el billete de tren, sin embargo, no vi ningún torniquete de salida en aquella playa.

Estaba a punto de amanecer. Quizá había llegado a casa.

Oxido en el alma

25-ene-2009


Aquella mañana llovía. La lluvia en la ciudad es gris, en la cima de una montaña no, en el mar tampoco. Quizá dentro de una casa, al lado de una chimenea es azulada, o tras una ventana verdosa; pero afuera, en ese vasto territorio de cemento y acero, ahí, la lluvia es óxido para el alma.

Pero aquel día tenía que salir. No podía demorar más lo que tenía que hacer, era inevitable.

Me pertreché con botas de agua, anorak para lluvia, y paraguas. No me gustan los paraguas, principalmente porque cada vez que los llevo no llueve y, segundo, porque siempre los pierdo, olvidados en alguna estación de tren o suburbano.

Debajo del brazo, cuidadosamente envuelto llevaba el objeto. Lo había rodeado de capas de bolsas de plástico del supermercado, y aunque no me había parecido muy conveniente, no había encontrado otra solución mejor.

Pesaba. Eso me sorprendió, y tuve la sensación de que ese peso que sostenía bajo el brazo se extendía hasta alcanzar mi pecho, ahogándome.

Monté en el autobús con cuidado, busqué un asiento de ventanilla para protegerlo mejor y evitar las bruscas sacudidas.

Una vez sentado, abracé el objeto con mis manos, y reposé la cabeza en la ventanilla. Parecía que tanta lluvia iba a ablandar el cristal, a convertirlo en tela y provocar que se pegase a mi rostro, como un sudario.

Nadie se sentó a mi lado y di gracias por eso.

Intenté imaginar que diría mi padre. Si lo vería mal o bien, si me recriminaría por lo que estaba a punto de hacer, o se encogería de hombros, haciendo uno de sus gestos: ¡a quien le importa lo que digan!

Sólo sé que aquella mañana, al levantarme, había decidido que no podía dejar pasar aquello por más tiempo. Es verdad que no me había enfrentado a mi madre, sino que había entrado furtivamente en la casa y había salido de puntillas. Pero lo había hecho, y para mí eso es lo que contaba. Esperaba que para mi padre también.

Mi padre me había decepcionado, yo había decepcionado a mi padre. O al revés, no sé quien fue el primero en sentirse abandonado. El resultado fue el mismo: la distancia.

Ahora, intentaba con aquel gesto recuperar a mi padre, tranquilizar mi conciencia, ponerme al día por si "mis días" se acababan antes de lo previsto.

Creo que en algún momento del viaje lloré. Alguna canción melancólica y retro sonó en la radio, y no pude contenerme. Como no llevaba pañuelos me soné con la manga del abrigo. Debió resultar desagradable para la señora que viajaba un asiento más atrás, eso creo.

Luego me quedé dormido y soñé que soltaba el objeto, que se caía y rompía en mil trozitos. Me veía a mi mismo arrodillado en el suelo, juntando todas esas pequeñas piezas sobre mi regazo, sin posibilidad de reconstruirlo.

Y desperté bruscamente, abriendo mucho la boca en busca de una bocanada de aire. Ahogué un sollozo. Tuve conciencia de que varias cabezas se giraron para mirarme, pero las ignoré.

Cuando llegó la hora de bajarme apenas quedaban viajeros en el autocar. Mi parada estaba en medio de la nada: un puerto, un monte pelado, y un viento agitado.

Crucé la carretera, y caminé por la pradera en dirección a la atalaya. Llegué sin aliento, me senté por unos minutos y contemplé los dominios de la Sierra Negra, extendiéndose a mis pies.

Desenvolví el objeto, lo abrí cuidadosamente, y metí mis dedos hasta el fondo. El primer puñado llenó mi mano, me lo llevé a la nariz, pero no olía. Solté las cenizas con cuidado, para que no se volvieran contra mí.

Así, de puñado en puñado, mi padre viajó desde la casa de mi madre hasta su monte preferido.

Me reencontré con él, sabiendo que aquello no era un adiós, porque ya había descubierto que los muertos no desaparecen de nuestras vidas. Por el contrario, se asientan en ellas, silenciosos y expectantes.

Le dí las gracias. Le pedí perdón.

Sí...

13-dic-2008


--¿Cómo estás?


--No estoy mal. Y nada más haberlo dicho, me percaté de ese "no" maléfico y reiterativo que aparecía en cada una de mis frases. Pensé que podría haber dicho "pues estoy bien" o... o... o... ¡demonios todas las frases me salían en negativo!

Fui al baño, me miré en el espejo y descubrí lo malos que habían sido estos dos últimos meses. Me agaché, eché un vistazo por si veía los pies de alguien, y cuando estuve segura de que no había moros en la costa, lo hice.

Empecé a bailar, como si fuera Gene Kelly en "Cantando bajo la lluvia". Ta-ra-ra ta-ra ta-ra... Pero no había mirado bien en todos los baños, es más, no debía de haber mirado bien el cartel del baño indicador de señoras y caballeros. Allí mismo, a mi lado, se encontraba un hombre, de brazos cruzados, mirándome fijamente. Era calvo, llevaba la corbata torcida y su chaqueta mostraba signos de sudor.

--¿Esto es algún tipo de broma para la televisión, señorita?

--Aaahh, noooo, no es eso... He debido equivocarme al entrar, eso es todo...

--¿Y el bailecito salido de "Alguien voló sobre el nido del cuco"?

¡Ouch! Eso dolió, ya lo creo. Levanté la barbilla, cogí aire, y salí de allí todo lo dignamente que me permitieron los 15 segundos de aire retenidos en mi pecho.

Y ahora se estarán preguntando: ¿Y esta chica suele hacer muy a menudo este tipo de cosas? Pues depende, lo de bailar sí, lo de meterme en el servicio de caballeros, solo cuando no llevo las gafas.

Por otra parte, de no haber sido así, no le hubiera conocido a él.

Estaba acodada en una columna, esperando conseguir un baile con algún apuesto caballero, cuando él se me acercó. No fue como en los anuncios de colonia... pero se me acercó.

--Perdone que la moleste, pero, ¿es usted la misma que estaba bailando hace un momento en el servicio de caballeros?

--¿También estaba usted dentro?

El movió con afirmativa pesadumbre la cabeza.

--Vaya, pues deben ustedes de poner los pies encima de la taza, porque no vi ninguno..

--Ohhh, es que se olvidó de mirar en los urinarios. Están a la vuelta...

--Ajá... ¿Y cuántos de ustedes había?

--Los suficientes...

--¿Los suficientes para qué?

--Para que debamos salir de aquí ahora mismo, sino quiere ser el hazmerreir de la sala.

¿Qué podía hacer sino seguirle! Cogió galantemente mi abrigo del guardarropa, me lo colocó encima de los hombros y me abrió la puerta de salida. ¡Sí que era raro!

Cuando salimos por la puerta giratoria, estaba lloviendo. Se adelantó y abrió un inmenso paraguas blanco. Me ofreció su brazo.

--¿No ha venido usted en coche?

--No, me gusta andar. ¿Quiere que le pare un taxi?

--No, no, no se moleste. Era sólo una pregunta. Estoy bien.

El me sonrió y comenzó a silbar. Me sentí bien, por ridículo que parezca, aquel desconocido me hacía sentir cómoda.

Le miré de reojo y él me pilló in fraganti. Me eché a reír.

--¿Quiere que bailemos?

--¿Aquí? ¿Ahora?

--No tengo mucho tiempo, sabe...

Me quedé muda. Aquel tipo era más extraño que yo. ¿Bailar en plena noche de invierno bajo la lluvia?

--¡Ni tan siquiera sé su nombre!

--No creo que sea condición indispensable para bailar...

No supe que decir, eso era irrebatible. Antes de que me diera cuenta, él había cerrado el paraguas y comenzado a bailar como si fuera Fred Astaire. Lo peor es que yo oía la música de fondo. ¿Qué demonios había bebido aquella noche?

Me ofreció su mano, pero no se la cogí. Me quedé parada en medio de la calle, mirándole con ojos como platos. El hizo una mueca graciosa de fastidio.

--¡Vamos! ¡En el baño lo hizo muy bien!

--Já.

Estaba a punto de darme la vuelta cuando el portero vestido de librea del edificio contiguo, se puso a cantar. Mi acompañante se fue hasta él, y se subió a una farola cercana ejecutando una grácil pirueta. Me pellizqué, por si me había quedado dormida encima de la mesa.

Ahora los dos venían hacia mí, cantando y bailando. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Ponerle un "No" a mi vida? Dejé que me izarán por los aires y aterricé con un lindo saltito. Lo curioso de todo esto, es que los viandantes no se paraban a mirarnos y señalarnos con el dedo. No. Al contrario, se unieron a nosotros y terminamos ocupando toda la calle. Para no haber ensayado, no nos estaba quedando nada mal. Ahí supe que me había quedado dormida. ¿Pero dónde?

Dejé que todos siguieran su "West Side Story" y me aparté a un lado para mirar. En ese momento, estallaron en el cielo fuegos artificiales, y a lo lejos una noria comenzó a girar lentamente.

--¿Está cansada? ¿Quiere que paremos?

--No quiero despertar.

--Oh, no creo que pueda...

--Y también quiero dejar de emplear la palabra "no".

El me miró fijamente, acercó sus labios a los míos y me besó.

--¿Cómo está?

--¡Muy bien! Y volvió a besarme una vez más y otra, y otra...

El camarero tocó mi hombro suavemente. Tenía entre sus manos mi abrigo. Me había quedado dormida encima de la mesa. La fiesta había acabado.

--¿Quiere que le llame a un taxi?

Negué con la cabeza. Me puse yo sola el abrigo, me abrí yo misma la puerta y salí al frío seco y sin lluvia de la madrugada. Iba a marcharme, cuando oí una voz a mis espaldas.

--¡Señorita! ¡Se deja su paraguas!

--¿Mi paraguas? Yo no he traído ningún...

Y de pronto me encontré con un inmenso paraguas blanco entre las manos.

--¿Es suyo?

Por un momento estuve a punto de decir "no", pero dije: ¡Sí, claro, lo había olvidado, muchísimas gracias!

Salí a la noche caminando sobre mi paraguas blanco. Al final de la calle abrí mi paraguas mientras sonreía al cielo como una "Mary Poppins" cualquiera...

No cerré los ojos...

08-dic-2008

Fotografías de Paco de Alcaudete


Parecía un borracho. Y aunque en realidad aún no lo estaba, era cuestión de media hora más. En una mano sujetaba la botella de whisky metida en una bolsa de papel, y del brazo le colgaba el abrigo hasta el suelo. La otra mano estaba ocupada en intentar abrir la puerta de su habitación.

La habitacion olía a humedad, a algún tipo de desinfectante, y a un ambientador peor que el rastro de humanidad pegada a la moqueta.

Había tomado una de esas decisiones pasadas de moda, fruto de sus lecturas de novela negra: si la inspiración se había esfumado, bastaba con encerrarse en una habitación con una cantidad de alcohol nada despreciable y esperar a las musas.

Rídiculo.

Miró la mesa y movió de un lado a otro la cabeza, al fijarse en la Underwood polvorienta, que le había arrancado a su editor. Nada de ordenadores. Teclas duras, con historia, en las que hiciera falta la fuerza de los dedos y del alma para arrancarles una buena historia.

Ahora se arrepentía, vaya que si lo hacía.

Se tumbó en la cama de golpe y contempló, entre las cortinas medio echadas, las luces chillonas de un anuncio de neón. ¿Cómo había creído que conseguiría inspiración de esa manera? Abrió la botella y echó un trago largo. Tampoco le supo bien.

Exhaló un suspiro de rendición. No escribiría nada en aquel tugurio de mala muerte. Lo mejor sería emborracharse, dormir la mona, y a la mañana siguiente salir pitando de aquel antro.

No supo cuánto había dormido cuándo le despertó el "click" del retorno de carro al alcanzar el final de línea. Levantó la cabeza bruscamente pero no encontró a nadie sentado ante la máquina. ¿Entonces... había soñado ese sonido?

Se levantó despacio, tambaleante, y se acercó a la mesa. La máquina estaba frente al típico espejo de motel: viejo y gastado de tantas caras que en él se habían reflejado. Evito mirarse porque lo que vió de refilón consiguió deprimirle.

Allí estaba la máquina. Y tenía un folio dentro. El carrete en el extremo de la línea. Pero sin nada escrito. No recordaba haber puesto ninguna hoja. ¿Lo había hecho? Un retortijón le hizo agarrarse el estómago. Intento pensar qué había cenado.

Era hipocondriaco. Muy hipocondriaco. Sin pensárselo dos veces, salió disparado hacia recepción. Tenía que saber si había un médico cerca, por si se ponía peor. Podía pasar la noche en urgencias en previsión. En realidad, tampoco tenía otra cosa mejor que hacer.

Decidió seguir las indicaciones del recepcionista y dirigirse al pueblo más cercano. El frío le golpeó como un chicle que le hubiera explotado en medio de la cara. Justo cuando iba a entrar en el coche, vió de refilón luz en su habitación. ¿Se había dejado la luz encendida?

Por un momento dudó. Decidió volver a la habitación y apagar la luz. Entró despacio, como si algún tipo de sexto sentido le estuviera avisando. La primera impresión al abrir la puerta es que un hombre estaba sentado a la mesa y tecleaba frenéticamente sobre la máquina de escribir.

Pero eso fue la primera impresión. Porque en la segunda lo único que vió fue su chaqueta colgando del respaldo de la silla, y la hoja de papel aún en la máquina. ¿Cuánto whisky había bebido? Negó con la cabeza y se quedó allí en medio, con la mano en el pomo de la puerta, mientras se escapaba el calor de la habitación.

Sin darle la espalda a la habitación, cerró lentamente la puerta. Se quedó allí parado, dejándose azotar por el viento helado y copos de nieve duros y malintencionados. A grandes pasos se dirigió al coche y se metió rápidamente en él.

Tenía la mano en la llave de contacto cuando se le ocurrió mirar por el retrovisor. Y allí estaba: una mujer de ojos negros con una máquina de escribir sobre sus piernas, mirándole fijamente. El grito que dió le asustó a él mismo. Dio un respingo, se protegió la cara con las manos, y se quedó inmóvil esperando lo peor.

Cuando volvió a mirar por el espejo --fue incapaz de darse la vuelta en el asiento-- allí no había nadie. Notó el asiento húmedo. Dejó caer la cabeza sobre el volante y comenzó a llorar quedo. ¿Qué estaba pasando?

Sacó la llave de contacto y salió del coche. El motel estaba a un lado de la carretera comarcal. Se quedó allí de pie, mirando a un lado y otro, como si el silencio de la noche pudiera resolver sus dudas. En frente de él crecía un bosque oscuro. Oyó un ruido de ramas, sobresaltado aguzó la vista, pero no logró ver nada. No hasta que estuvo frente a él, inmóvil en medio de la carretera.

El ciervo era hermoso, con una cornamenta que apenas había sufrido los embates de ninguna pelea. Parecía una estatua, un sueño, un mensaje indescifrable. Se acercó despacio a él, y vió que tenía en un costado tatuadas unas letras: "Despierta". El claxón del camión le salvó la vida, tuvo el tiempo justo de echarse precipitadamente a un lado. Estaba seguro de que el animal no había tenido tiempo de huir. Pero cuando el camión hubo pasado no había rastro de él.

Agotado, dirigió sus pasos de nuevo hacia el motel. La recepción estaba vacía, avanzó hacia la cafetería. Allí tampoco vió a nadie en un primer momento. Cogió una silla que estaba encima de una mesa y se sentó frente a la ventana. El cristal estaba velado. Y así se quedó hasta el amanecer: mirando por una ventana ciega al universo.

Mientras, apoyado en la barra, un camarero octogenario tecleaba lentamente en una máquina de escribir la palabra: "Despierta".